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Nos estamos volviendo gilipollas ( y lo hemos elegido nosotros)

30 ago, 2026 Paco Álvarez Desarrollo Personal lectura
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Ensayo — Contra la ignorancia programada

Vivimos en la era de la información, con la herramienta más potente jamás creada para expandir la inteligencia humana al alcance de la mano. Y aun así, cada vez leemos menos. Cada vez sabemos menos. Cada vez somos más ignorantes.

Ahí está la paradoja más brutal de nuestro tiempo, y conviene mirársela de frente en lugar de seguir apartando la vista. Tenemos inteligencia artificial capaz de explicarnos cualquier concepto complejo en segundos, de traducirnos cualquier idioma, de resumirnos cualquier libro, de ponernos al día de cualquier disciplina que nos dé la gana. Nunca en la historia de la especie había sido tan fácil ni tan barato cultivarse. Y sin embargo, la sociedad lee cada vez menos, piensa cada vez menos y, como consecuencia directa de eso, sabe cada vez menos.

La inteligencia artificial debería ser el mayor multiplicador de conocimiento que ha existido jamás. Y en lugar de eso, la estamos usando como excusa para no leer, para no profundizar, para no esforzarnos en entender nada por nosotros mismos. Hemos cambiado el hábito fundamental, el que de verdad construye criterio, por atajos que dan la sensación de saber sin haber aprendido absolutamente nada. Y esa sensación falsa de estar informado es, probablemente, más peligrosa que la ignorancia declarada, porque no se sabe que no se sabe.

Control de masas

El pensamiento atrofiado: así se fabrica un rebaño

Quien no lee, con el tiempo, pierde algo que no se recupera fácilmente: la capacidad de pensar por sí mismo. No es una frase bonita de póster. Es una consecuencia mecánica. Leer entrena el músculo del pensamiento propio, obliga a sostener una idea durante páginas, a seguir un argumento hasta el final, a contrastarlo con lo que uno ya sabía. Quien deja de hacer eso, deja de entrenar ese músculo. Y un músculo que no se entrena, se atrofia. Así de simple, así de duro.

Y una sociedad con el pensamiento atrofiado es, ni más ni menos, una presa fácil. Presa fácil de discursos populistas diseñados para caber en una frase de quince segundos. Presa fácil de personajes mesiánicos que venden certezas absolutas a cambio de que dejes de pensar por tu cuenta. Presa fácil de cualquiera que sepa que, sin criterio propio, la gente se traga lo primero que le repitan con suficiente convicción y suficientes veces.

Y aquí es donde la inteligencia artificial, sin proponérselo necesariamente, se convierte en un agente maquiavélico de este mismo problema. Una sociedad que ha dejado de leer, que ha dejado de contrastar, que ha dejado de dudar, tiende a tratar lo que le dice una máquina como una verdad absoluta e incuestionable. Sin filtro. Sin criterio propio con el que comparar esa respuesta. Y eso, a gran escala, es la receta perfecta para una manipulación masiva como no se había visto jamás, porque ya ni siquiera hace falta convencer a nadie: basta con que la máquina lo diga.

Sumidero dopaminérgico

El sumidero de las redes sociales y la tragedia que ya no es de adolescentes

Y mientras tanto, ¿en qué empleamos el tiempo que antes dedicábamos a leer? En scroll infinito. En miles de horas viendo gilipolleces encadenadas una detrás de otra, diseñadas por los mejores ingenieros del planeta para engancharnos exactamente igual que una máquina tragaperras. Buscando un chispazo de dopamina cada pocos segundos, un chispazo tan corto y tan vacío que, en lugar de hacernos felices, nos deja más infelices, más miserables y más dependientes que antes de empezar a mirar la pantalla.

Y lo más penoso de todo esto ya no es que le pase a un adolescente, que al menos tiene la excusa de estar formando su cerebro y su criterio. Lo verdaderamente lamentable es ver a adultos hechos y derechos, a quienes se les presupone más consciencia y más autocontrol, enganchados exactamente igual a Instagram, a TikTok o a Facebook. Rellenando vacíos que no saben nombrar. Tapando complejos que no quieren mirar de frente. Buscando notoriedad ajena porque la propia no les basta. O, simplemente, siendo incapaces de aguantar diez minutos a solas consigo mismos sin sentir la necesidad urgente de coger el móvil.

Eso, dicho sin adornos, es una tragedia adulta. Y es muchísimo más grave que la versión adolescente, porque un adulto ya debería saber, ya debería tener las herramientas, ya debería haber aprendido a estar consigo mismo sin necesitar un algoritmo que le entretenga cada tres segundos.

Lentitud deliberada

El abandono radical y la reivindicación de la lentitud

Yo tomé una decisión hace tiempo, y la cuento aquí en primera persona porque creo que vale la pena compartirla: abandoné las redes sociales. Todas, salvo LinkedIn, que de momento mantengo, aunque cada vez con más reservas, porque también ahí empieza a colarse cada vez más morralla disfrazada de contenido profesional. Si sigue por ese camino, también acabaré saliendo de ahí.

Y lo que sentí al soltar ese peso fue, sin exagerar, una sensación de libertad enorme, aun cuando yo no era nada asiduo a publicaciones constantes en redes sociales, pero sí me hacían perder tiempo suficiente para plantearme la decisión que finalmente decidí adoptar. Recuperar el tiempo que antes se filtraba, minuto a minuto, sin darme ni cuenta, entre pantallas diseñadas para robarme la atención. Recuperarlo para crear. Para escribir. Para pensar de verdad, sin la interrupción constante de una notificación esperando su turno. Y, sobre todo, recuperarlo para algo que hemos aprendido a temer como si fuera una pérdida de tiempo: los ratos ociosos, el aburrimiento sin llenar de nada.

Porque es precisamente en el aburrimiento, en ese espacio vacío que tanto nos incomoda, donde el subconsciente humano de verdad despierta. Donde aparecen las ideas que nunca llegan cuando estás mirando una pantalla. Donde uno se hace las preguntas incómodas que llevaba meses evitando. Eliminar el aburrimiento a base de scroll no es productividad. Es huida. Y una huida constante nunca ha llevado a nadie a ningún sitio bueno.

Hay que desmontar también la mentira de la inmediatez, esa que nos ha convencido de que todo tiene que pasar ya, rápido, sin espera. Es mentira. Todo lo que de verdad vale la pena en esta vida se cultiva despacio. El conocimiento, despacio. Los vínculos de verdad, despacio. El autoconocimiento, despacio, y sobre todo este último, porque como decía Sun Tzu, quien se conoce a sí mismo es invencible en la batalla. Y esa batalla, hoy, no se libra contra un ejército enemigo. Se libra contra quien quiere decidir por ti lo que piensas, lo que compras, lo que temes y lo que votas. Y la única armadura real contra eso es conocerte a ti mismo lo suficiente como para que nadie pueda colarte una mentira disfrazada de verdad.

Salvavidas

Leer como salvavidas frente a la extinción intelectual

Por eso lo digo sin matices, porque este tema no los admite: hay que leer. Leer, leer, leer y leer. No hace falta devorar un libro a la semana ni convertirlo en una competición absurda de cifras para presumir. Basta con que sea poco, pero constante. Una disciplina diaria, como lavarse los dientes, como respirar. Diez páginas hoy, diez mañana, y así cada día de tu vida.

Si todo ese tiempo que hoy se pierde en pantallas diseñadas para atraparte se dedicara, aunque solo fuera una fracción de él, a leer, la inteligencia colectiva de esta sociedad sería radicalmente superior a la que tenemos hoy. Volveríamos a hacernos preguntas vitales, de esas que de verdad llenan a una persona, en lugar de rellenar el vacío con contenido que se olvida a los tres segundos de haberlo visto.

Al alejarnos de la lectura y entregarnos por completo a la pantalla, no nos estamos entreteniendo.

Nos estamos volviendo más ignorantes, más gilipollas, y completamente dependientes de una máquina que, tarde o temprano, va a acabar pensando por nosotros.

Es un camino directo hacia nuestra propia extinción como especie pensante, y todavía estamos a tiempo de decidir volver a la vida real.

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